Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Existen montañas que nadie nos obliga a subir; se escalan desde la intuición de quien anhela una mejor versión de sí misma. Puede ser por curiosidad, gusto por aprender o la inmensa satisfacción de descubrir de qué somos capaces.
Muchas mujeres elegimos capacitarnos en áreas ejecutivas y trabajar en ellas por el reto de hacer. Nos gusta construir empresas, resolver problemas, dirigir equipos y crear patrimonio. No para competir con los hombres ni para demostrar que somos mejores, sino porque forma parte de entender y vivir la vida.
Ina, una brillante CEO, compartió el más reciente informe del Foro Económico Mundial sobre liderazgo femenino. Leí cifras contundentes: las mujeres representamos el 41.7 % de la fuerza laboral mundial; pero ocupamos el 24.6 % de los puestos de alta dirección y solo el 19.1 % de las direcciones generales.
Lo que me hizo reflexionar no fueron los porcentajes, sino una de las causas que señala el documento: la “penalización por cuidados”. Subrayé que la maternidad y las “responsabilidades de cuidado” siguen siendo penalizadas en muchas organizaciones, limitando el acceso de numerosas mujeres a los espacios decisorios.
Entonces me miré entre los treinta y los cincuenta años viviendo a un ritmo imparable. Hijos, marido, empresa, clases, reuniones, casa…una vida sin pausas. Reconozco que jamás cargué con la familia ni pretendo vender una historia de heroísmo. Mi desarrollo se debe a una necesidad de independencia, la convicción de que la libertad también se construye.
Pero una cosa es aceptar un reto por elección y otra descubrir que el tablero nunca estuvo parejo. Trabajé el doble para demostrar la mitad.
Salí de un festival escolar por una emergencia logística inesperada. Revolver una olla mientras repasaba un estado financiero era costumbre. Ir los sábados con mami al mercado era un placer. Nunca sentí que una tarea disminuyera la otra; lo sorprendente fue descubrir que el mundo corporativo pensaba diferente.
La maternidad comienza a leerse como un riesgo laboral. Cuidar a un padre anciano se interpreta como falta de disponibilidad. Acompañar a un familiar enfermo parece una distracción. Tratamos el cuidado como si interrumpiera la productividad cuando, en realidad, la hace posible.
Sin embargo, ninguna empresa existiría si antes no hubiera alguien que alimentó, protegió y educó a otro ser humano. Ningún país construye ciudadanos responsables sin personas dispuestas a sostener la fragilidad humana. Ahí reside la paradoja: seguimos llamando “carga” a la actividad que permite que el mundo siga girando.
Me siguen incomodando frases como: “Dejó de trabajar por los hijos”, “Renunció a su carrera por amor”, “Decidió no ser madre para poder crecer”. Pero cuidar y desarrollarse no deberían ser caminos incompatibles. El talento no pide permiso para amar ni el cuidado debería convertirse en un impuesto al desarrollo profesional.
No hablo de privilegios ni de cuotas; las organizaciones deben promover al mejor talento. Siempre.
Pero resulta profundamente injusto que dos personas igualmente preparadas recorran caminos distintos porque una de ellas asumió una responsabilidad que beneficia a todos.
Quizá el verdadero desafío sea construir estructuras capaces de reconocer que cuidar también genera valor. Antes de ser líderes o científicos, fuimos niños que necesitaron unos brazos para sobrevivir.
La gran inversión de una empresa no siempre está en su maquinaria. La de un país tampoco comienza en su infraestructura. La primera inversión de toda civilización ha sido siempre una persona cuidando a otra. Todo lo demás —la ciencia, las empresas, los gobiernos y la prosperidad— llegó después. Ha llegado el momento de reconocer que el cuidado nunca fue una pausa en el desarrollo; ha sido, desde el principio, la condición que lo hizo posible

