LAS PREGUNTAS

LAS PREGUNTAS

Por Velia María Hontoria Álvarez

“Preguntando se llega a Roma”, decía el viejo refrán. Pero ¿cuántas veces nos hemos quedado a medio camino por no atrevernos a preguntar? ¿Cuántas otras seguimos dando vueltas a la misma cuadra, atrapados en el atolladero del miedo a parecer ingenuos, incómodos o imprudentes? Quién es más torpe: ¿el que se atreve a preguntar y encuentra respuestas, o el que calla y se queda inventando versiones?
—¡No preguntes, niña, es de mala educación! —escuché decir hace unos días.
Y metiche, no me aguanté:
—Mejor que pregunte, a que se quede con la duda.
La niña me miró, valiente, con una chispa de alegría en el rostro, y soltó:
—¿Conoce a los jueces por los qué va a votar?
Me quedé sin palabras. Sin respuesta.
Hay preguntas que llegan tarde, cuando la persona ya no está, y entonces flotan como fantasmas incómodos alrededor de nuestras memorias. Papá, ¿cuál fue la decisión más difícil de tu vida? ¿Qué resolviste desde el miedo?¿Qué te hubiera gustado recibir de tus padres que no te dieron?¿Me quieres? ¿Por qué lo dices tan poco?
Pregunta cortísima ese ¿me quieres? Y no se hace por vergüenza, por rutina, porque se da por hecho. Entonces ahí va una mala impresión, esa duda engañosa que con los años se transforma en suposición. De ahí al mundo del invento hay un solo paso. Inventamos que tal vez nunca nos quisieron, que no fuimos importantes, y esos pensamientos nos hieren profundamente. El silencio, poco a poco, se convierte en abismo.
Con el tiempo aprendemos a callar para no incomodar. Guardamos las preguntas esenciales por miedo a romper algo, sin darnos cuenta de que, al callarlas, estamos dejando que se fracture todo.
A veces, también hablamos de más. Llenamos el aire de palabras vacías, discursos automáticos, jerga sin sustancia. Vomitamos frases por costumbre, sin detenernos a pensar qué queremos saber realmente del otro. En ese ruido se ahogan las preguntas verdaderamente importantes. ¿Dejamos que la impunidad haga de las suyas y nos vaciamos en el absurdo “yoyasabía” y, ¿luego? ¿Por qué se calló? Ay, vayaustéasaber.
He escuchado a personas lamentarse por no saber qué era lo que hacía brillar los ojos de aquellos que amaron o aún siguen amando. Y tal vez, de haberlo preguntado a tiempo, se hubieran encontrado con una respuesta sencilla, como: “cuando llegabas sin avisar”, “al darme tu mano para cruzar la calle”, “tus abrazos”, “esa sopita de arroz”, “tu labios deslizándose en mi nuca”, “abrigarme por las noches” “cuando me contabas historias”. Cosas mínimas, aparentemente, pero capaces de sostener una relación que quizá en el mutismo se rompió. Por eso ser preguntona tiene sus recompensas. A veces una sola pregunta puede salvar una relación, cerrar una herida, deshilachar un remordimiento. Puede incluso evitar una fractura irreparable.
Preguntar no es ofender. Es querer saber, es desear comprender, es tender puentes. Pregúntale a tu madre si fue feliz. Cuestiona a tu hermano sobre cómo vive y vivió. Pregúntale a tu hija qué la hace sentir segura. Pregúntale a tu pareja si aún le gustas, si disfruta de tu compañia.
No sigas adivinando. No supongas. Pregunta. ¿Cómo te gustaría ser recordado?¿Hay algo que te gustaría que hiciera por ti cuando ya no estés?¿Qué te dolió y nunca dijiste?¿Qué necesitabas de mí y no supe darte?¿Qué aprendiste del amor con los años?
A veces, las preguntas que creemos incómodas son las únicas que podrían resumir una vida, mejorar una relación o evitar un adiós sin sentido.
Todavía estás a tiempo de preguntar. Y, de escuchar. ¿Te animas?

CATEGORIES
Share This

COMMENTS

Wordpress (0)
Disqus ( )