*XXX domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de todos los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se funda toda la ley y los profetas” (Mt. 22, 36-40).
De entrada, todos los mandamientos se implican y jamás se excluyen. Pero, partiendo de lo esencial, para los judíos el más importante era el tercero: “santificar las fiestas”, mostrando, así, que la grandeza de la fe está en el culto. Jesús, por tu parte, prioriza el amor a Dios y el amor al prójimo.
¿Por qué Jesús hace esta inversión, respecto al criterio de los fariseos? Porque, el amor, señala el Papa León XIV, “no es una vía opcional, sino el criterio del verdadero culto” (Dilexi te 42). Para el ser humano es fundamental su vínculo con Dios y con el prójimo, pero dicho vínculo puede tener vicios cuando no parte de un principio tan grande como es el amor. Pero, un amor con las características que el mismo Jesús señala: “con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, es decir, con un amor que involucra y compromete al ser de modo integral.
Sin un sólido principio, como el amor, entonces se corre el riesgo de generar vicios: como usar a las personas, verles como objetos, poner etiquetas de acuerdo a condiciones económicas, culturales, religiosas o de raza, entre otros más. De ahí, la fragmentación que enfrentamos continuamente.
Toda la sabiduría divina que se nos ha comunicado en la historia y que está plasmada en la Sagrada Escritura, se resume en el amor a Dios y el amor al prójimo. Se trata de un solo mandato, de un mismo acto, solo que direccionado a Dios y al prójimo. Decía K. Wojtyla, que no era casualidad que Cristo juntará los dos mandamientos, pues si el amor a Dios exige toda la integridad de la persona, lo mismo se exige en el amor al prójimo (Persona y acto).
¿Y qué pasaría si sólo se amara a Dios o si sólo se amara al prójimo? Al amar al prójimo, pero sin Dios, el amor no logra la profundidad y plenitud que toda persona necesita para ser plenamente feliz. Y en el caso del amor a Dios sin prójimo, el amor no logra encarnarse y, por tanto, no se hace vida.
Como explicaba el Papa Benedicto XVI: “Los santos, como Teresa de Calcuta, han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor Eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás”. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento… Así, pues, no se trata ya de un mandamiento externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es divino porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un nosotros, que supera nuestras divisiones…” (Dios es amor, n 18).
El amor es el camino de la felicidad y por eso desde dentro surge la exigencia existencial de amar. Pero cuando ese amor no asume las dimensiones que por naturaleza le son propias, entonces es cuando se contamina y simplemente se materializa y limita, no cumpliendo entonces su máximo cometido: la realización o la felicidad plena de la persona.
El amor es tan grande y tan fuerte, que el que ama y se abre al amor, no aguanta encerrar aquello en sí mismo y por eso de él aflora el ímpetu de salir de sí para amar a alguien más. Por eso, decía K. Wojtyla que el imperativo del amor no es algo externo, sino que nace de lo profundo del corazón.
No nos compliquemos la vida: démonos la oportunidad de amar con la magnitud que Dios nos permite.
¡El amor nos hace existir y nos perpetúa!

