*XXIV domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Seguimos en el capítulo 18 de San Mateo, donde, Jesús, continúa instruyendo a los creyentes sobre los principios en que se fundamenta la nueva comunidad, es decir la Iglesia. El domingo pasado Jesús exponía tres grandes ventajas de pertenecer a la Iglesia: la primera, la fraternidad: “Si tu hermano comete un pecado ve y amonéstalo a solas. Si te escucha habrás salvado a tu hermano” (Mt. 18, 15); la segunda, el poder que da a los apóstoles para atar y desatar en el cielo y en la tierra: “Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt. 18, 18), y una tercera ventaja es el poder de la oración: “Les aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir lo que fuere, mi Padre se las concederá” (Mt. 18, 19).
En el contexto de estas enseñanzas, vuelve a aparecer Pedro con la inquietud que nos presenta el evangelio: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús respondió: no siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt. 18, 21-22). Esto se convierte en una antítesis de Génesis 4, 24, donde Lamek dijo a sus mujeres que si la sangre de Caín debía ser vengada siete veces, él sería vengado setenta veces siete.
El corazón movido desde el pecado busca venganza perpetua, por eso setenta veces siete; pero, Jesús viene para enseñarnos que el corazón misericordioso de Dios perdona infinitamente. Setenta veces siete, es decir siempre, porque el perdón no se mide, ni es un acto aislado, es un proceso, es un ejercicio de todos los días y es un camino que nos abre a un horizonte de plenitud.
El Señor Jesús para ilustrar su respuesta acude a una parábola, donde expone que un hombre le debía al rey muchos talentos, al grado que el rey quiere vender a aquel hombre, a su familia y todas sus pertenencias para saldar la deuda, pero ante la súplica del deudor el rey se apiada y le perdona la deuda. Cada talento valía 10 mil denarios, de modo que si vendía al hombre, a su familia y sus pertenencias no completaría ni un talento, pues un esclavo se cotizaba solo en unos dos mil denarios; lo que indica que lo perdonado fue mucho. Pero aquel hombre no tuvo compasión de un compañero que le debía sólo unos denarios; por lo cual el rey se indignó.
Así nosotros, sea por las ofensas, sea por la vida que Dios nos dio, ni con todo lo que somos y tenemos podríamos pagarle todo lo que le debemos. Y si así es Dios, ¿por qué nosotros no habríamos de perdonar las cosas pequeñas de la vida a nuestros prójimos? Perdonar, desde Dios, significa no una disculpa, ni un “no pasa nada”, sino la oportunidad que Dios nos da para rehacer la vida. La vida es un valor absoluto, pero el pecado nos impide vivir bajo ese proceso de plenitud, pues limita nuestra libertad, nuestras posibilidades y nos complica la vida con Dios y con los hermanos. Si Dios nos da su perdón, eso significa que nos permite rehacer el proyecto de plenitud con que Él mismo nos creó. Pero no puedo entrar en ese proyecto si mi corazón está enfermo, si se ciega ante la pequeña ofensa que mi hermano me ha hecho. Por grande que sea el perjuicio u ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (S. José María Escrivá, Camino 452).
La incapacidad para perdonar es una falta de conciencia de lo que recibimos; por eso el Eclesiástico nos da unos consejos prácticos: “Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor?”. “El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo puede pedir perdón de sus pecados? “Piensa en tu fin y deja de odiar”.
Pedir perdón a Dios significa que deseamos entrar a la plenitud de su amor. Pero cómo podemos colocarnos ahí, si nuestro corazón está enfermo por el rencor contra el prójimo. No olvidemos, como señala San Juan Crisóstomo: Nunca nos parecemos tanto a Dios, que nos hizo a su imagen y semejanza, como cuando somos misericordiosos. Perdonar es entrar en la órbita del amor divino.

