*XXI domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
El evangelio va subiendo de tono, va hacia su cumbre, Jesús sigue haciendo el camino hacia Jerusalén. De ahí lo importante de las preguntas que plantea el día de hoy: “¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (Mt. 16, 13). “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. El misterio de la Cruz, hacia donde camina Cristo, parte de algo esencial: Él es el Hijo de Dios, el Mesías.
¿Quién es Jesús, a quién el viento obedece, el que cura los enfermos, el que multiplica los panes? ¿Quién es este que se atreve a perdonar los pecados, el que ha realizado tantos prodigios y nos ha hablado del misterio del Reino? La respuesta puede darse desde dos dimensiones, una humana y otra que viene de Dios.
Desde la referencia muy humana, ante tantos prodigios, confunden o comparan a Jesús con personajes que para el pueblo han sido extraordinarios: unos dicen “que es Juan el Bautista; otros, que Elías, que Jeremías o alguno de los profetas”.
Pero Simón Pedro va más allá de las perspectivas humanas. Movido por inspiración divina, dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. El mismo Jesús aclara: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!” A esto apunta la fe, a unir las perspectivas humanas con las divinas. La capacidad humana, por sí sola, no da para esto, pero se llega a ello cuando, en un acto de humildad, abrimos el corazón para que sea Dios quien nos ayude a entender. Pedro respondió atendiendo e interpretando los signos y las enseñanzas de Jesús, pero, sobre todo, dando espacio en su corazón a la inspiración divina.
Como enseñaba san Juan Pablo II: “Todos nosotros conocemos ese momento en que no basta hablar de Jesús repitiendo lo que otros han dicho… Los mejores amigos, los seguidores, los testigos, los apóstoles de Cristo fueron siempre los que percibieron un día dentro de sí la pregunta definitiva: “Para ti, ¿quién soy yo?” (Homilía, 1 de julio de 1980). La vida de la Iglesia y el caminar de cada cristiano se fundamentan en la respuesta firme a esa interrogante; en un responder a Jesús desde lo profundo del corazón, como lo hace Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16).
Sobre esa verdad se fundamenta la Iglesia. Por eso, en consecuencia, viene la elección de Pedro: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Pero también, sobre esa certeza se asume el camino de la Cruz. De ahí que, ahora emprende el camino hacia Jerusalén donde dará la vida por nosotros en la Cruz.
El don que Dios le estaba concediendo a Pedro para confesar la identidad de Jesús, como Mesías e Hijo de Dios, era parte de la preparación que el mismo Dios le concedía para recibir otro don: el de atar y desatar: “Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt. 16, 17-19). Se trata de un don que se mantiene para siempre, por eso: “quien sea desobediente al vicario de Cristo en la tierra, no participará en el fruto de la sangre del Hijo de Dios” (S. Catalina de Siena, Epistolae 207). El amor al Papa no es una cuestión solo humana, ni siquiera por motivo de su santidad personal, sino por ser sucesor de Pedro, vicario de Cristo en la tierra, que tiene la misión de mantener la unidad de la Iglesia y la fidelidad al evangelio.
Que nuestra fe siempre esté firme en Cristo, Hijo de Dios, y que nuestra obediencia y amor al Papa sea siempre fiel, por ser vicario de Cristo en la tierra.

