*XXV domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo justo. Salió de nuevo a mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza, a los cuales les preguntó: ¿por qué han estado aquí sin trabajar? Vayan también ustedes a mi viña (Mt. 20, 1- 7)”.
La viña del Señor es el mundo entero, en todas sus dimensiones y circunstancias. Dios lo quiso poner en nuestras manos para que lo cultivemos y nos sirvamos dignamente de él. Cada persona tiene mucho que aportar, por lo que en este mundo nadie sobra: valen los niños que son símbolo e imagen de las condiciones morales y espirituales esenciales para entrar en el Reino de los cielos. Valen los adolescentes y jóvenes, quienes viven su etapa de descubrimiento interno del propio yo y de su proyecto de vida. Decía el Santo Juan Pablo II: “La Iglesia mira a los jóvenes; es más, la Iglesia de manera especial se mira a sí misma en los jóvenes” (Carta a los jóvenes, marzo 1985). “La Iglesia tiene muchas cosas que decir a los jóvenes y los jóvenes tienen mucho que decir a la Iglesia” (Christifideles Laici 46). Por sus decisiones y acciones, cada joven pone en juego no sólo su vida personal, sino también desde ahí influye para el rumbo que el mundo va tomando.
Los adultos tampoco podemos tomar a la ligera nuestras tareas pensando que ya hicimos mucho o que ya cumplimos. No podemos evadir nuestra responsabilidad para aportar en bien de la obra del Señor. El mundo es todo, la obra del Señor abarca todo, pero de modo esencial abarca a las personas.
¡Que el Señor no salga a la plaza y nos encuentre ociosos e irresponsables, eludiendo la tarea de mostrar la verdadera belleza de la vida, el encanto de vivir!
Pero dice el Evangelio que el propietario de la viña salió también al caer la tarde y dijo a los que estaban en la plaza: “Vengan también ustedes a trabajar en mi viña”. Así es, Dios tiene una atención particular para los ancianos. Nunca sobran, son símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios (Cfr. Christifideles Laici 48). Los ancianos son testigos de la fe y del amor, por eso, pueden testificar cómo en la historia se vive la presencia de Dios. Ellos ya enfrentaron crisis de toda índole y han sabido salir adelante.
La vida de la fe no es diferente a la vida cotidiana que se desarrolla en la familia, el trabajo, el deporte, la diversión, las relaciones sociales, en las diversas necesidades y situaciones que el mundo vive. Todos los campos de la vida humana son parte del designio de Dios y en cada lugar tenemos la posibilidad de construir, de humanizar.
Las mismas necesidades del mundo son un llamado a la conversión, por eso dice el profeta: “que el malvado abandone su camino, y el criminal, sus planes”. A lo que podemos añadir: la parábola de la viña es un llamado a sacudirnos la flojera, la indiferencia, la mediocridad y la tibieza, es un llamado a despertar para entender que la bondad del mundo la construimos todos. “Los males del mundo y los de la Iglesia, no deberían ser excusa para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer” (Francisco, E.G. 84).
Que la realidad difícil que vivimos en el tejido social, marcado por la violencia y la corrupción, no nos lleve a actitudes pesimistas, o como decía el Papa Francisco: a convertirnos en pesimistas quejosos y en personas con caras avinagradas. Por el contrario, todo es una oportunidad para reafirmar nuestro compromiso con el hermano.
¡Sin miedo y con dignidad, trabajemos todos en la viña del Señor, sabiendo que es una dicha ser invitados por Él!

