
//MENSAJE DOMINICAL:// Necesitamos un hogar
IV domingo de cuaresma
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me toca. Y él les repartió los bienes… No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta”. Esta parábola nos enseña algo fundamental: el ser humano no puede vivir sin hogar.
El hogar es el centro de existencia de toda persona. Ahí se entrecruzan, enfrentan y toman significado el nacimiento, el trabajo, la convivencia, las dificultades, los logros e incluso la muerte. En el hogar se aprenden las lecciones fundamentales de vida y se nutre el corazón a través del amor. Por eso, romper con el hogar es una verdadera tragedia. Así lo experimentó ese hijo que juntó sus bienes para irse a vivir lejos, de una manera disoluta.
Sin duda, una de las tragedias del tiempo actual es, precisamente, el poco sentido de hogar en el que muchos crecen. El ausentismo de los papás y mamás por motivos laborales, lúdicos o, simplemente, por irresponsabilidad; el creciente rompimiento de matrimonios, la violencia intrafamiliar y la tarea, nada fácil, de muchas mamás solteras que, por necesidad, trabajan todo el día y todos los días para sacar adelante a sus hijos. Al final, en todo, la consecuencia es el crecimiento de niños sin un verdadero acompañamiento.
Y por qué no sumar también, entre otros ejemplos carentes de hogar, las casas dormitorio u hogares huérfanos, donde la casa se convierte sólo en un lugar para dormir o donde se administran bienes y comparten espacios, pero sin lograr la dinámica, la relación y la pertenencia amorosa propia de un hogar. Así sucedió con el hermano mayor de la parábola, quien estaba en casa sin entender lo más rico y valioso, sin entender la esencia del hogar. Se puede vivir en cumplimientos, pero sin descubrir lo más sagrado.
El hijo pródigo eligió huir del hogar, pero por desgracia hay muchos que, sin elegirlo, viven sin hogar. En el mundo, son millones de niños y de adultos que viven en la calle, la mitad de los cuales pertenecen al continente americano. El hijo mayor no huyó lejos, pero se privó de la experiencia más sagrada. Son muchos los hijos condenados a perder la identidad de un verdadero hogar, y las consecuencias las estamos viviendo de manera dramática en México.
En el hogar, la fuerza maravillosa del amor tiene la capacidad de sanar, levantar y permite caminar con sentido, como se muestra en ese padre de la parábola. Pero no olvidemos: el máximo hogar es la casa del Padre celestial. Por eso, se vuelve muy significativa la parábola del hijo pródigo, pues el primer hijo pródigo es el mismo Jesús. Por nosotros, salió de la casa del Padre, tomó la condición de los pecadores y se desgastó con ellos. El tomar la condición del último pecador le llevó a lo más humillante, la muerte de Cruz. Dice la parábola que aquel hijo quería comer lo mismo que los cerdos, pero nadie se lo permitía; pues, igual, Jesús en la Cruz no fue digno de saciar su sed. Después regresó a la casa, con la intención de representarnos a todos los pecadores. Hizo el camino de regreso para que todos volvamos al amor que redime y sana desde lo más profundo.
Continuamente, podemos estar fuera del hogar, pero ojalá que, por perdidos que estemos, nunca olvidemos el secreto más sagrado de la vida: “Tengo un Padre amoroso, tengo un hogar”. El camino de regreso, que nos trazó Cristo, es la fe y el amor. La fe me hace confiar en que tengo un hogar y que ese hogar siempre está y estará ahí. El amor me da la garantía de que siempre seré bien recibido y que las manos amorosas del Padre me abrazarán. La tragedia de tantos ha consistido en huir una y otra vez del hogar, recorriendo lugares lejanos en busca de amor; pero al final se sienten solos, incomprendidos y con el corazón débil.
¡Señor, qué tragedia! Buscarte y buscarte por los lugares y situaciones más inciertos. Dame, Señor, la decisión del hijo prodigo, para, hoy mismo, decir con convicción: “Me levantaré y volveré a mi Padre”.