
No todo lo que suena, vale
Por Velia María Hontoria Álvarez
“Yo no canto porque sé, ni porque mi voz sea buena, canto porque tengo gusto en mi tierra y en la ajena”
La música es refugio cuando las palabras no alcanzan. En más de una noche estrellada, una canción es cobija, serena tormentas, acariña amores. ¿Quién no se ha refugiado en una letra y un ritmo cuando la vida aprieta? Desde niña descubrí esos acordes en el chantúntan de mami, papá con sus canciones viejas abría mundos, relatos de honor y valentía, con mi abu y las tías aprendí versos que enamoran. Melodías con lenguajes secretos que aliviaba el corazón sin necesidad de explicaciones. A veces no hace falta entonar bien basta con abrir la boca para que el mal humor se agote, y de pronto, como por arte de magia, una carcajada se escapa al escuchar ese desafine que nos recuerda que estamos vivos y que por bendición -de otros- no somos cantantes.
La música, abraza cuando todo se derrumba. La música tiene poder. De ahí que vale la pena reconocer que escuchamos, que cantamos. Hay canciones que inundan calles y redes sociales, con mensajes equivocados. Pienso en narcocorridos, en el duro Rap que retumbando con ritmo pegajoso hacen bailar, cuentan hazañas de capos, mafiosos y asesinos como epopeyas. La tuba trae compás, la tambora “retruena”; sus versos glorifican balas, “polvo” y muerte.
Pienso en los adolescentes, quienes moldean su identidad fascinados en estos sones. Los observo tararear narcocorridos, coreando historias de contrabando y tiroteos con la misma pasión con que nosotros cantábamos canciones de amor o de desamor a su edad. ¿Entienden realmente lo que dicen esas letras? Tal vez no del todo, pero el mensaje va haciendo vereda. Poco a poco, normalizan palabras, acciones que pintan de héroe al que vive fuera de la ley. El narco se vuelve el protagonista “cool” del corrido, un modelo equivocado que se cuela en la plática casual, en la forma de vestir, en la jerga diaria de muchos chavos.
Y cuando la violencia se vuelve el centro del baile, las líneas entre el bien y el mal se difuminan. La crueldad narrada se vuelve paisaje y se corea: “nomásuncorriditooo, nopasanadaaa” y arranca el tiroteo. Comunidades golpeadas por la delincuencia, escuchan estas canciones restregándole sal a la herida. Para quienes han sufrido la violencia es doloroso oír celebrando la rola que arrebato a un hermano. Esas historias musicalizadas construyen una idea falsa de éxito y respeto, donde mandar con miedo parece más importante que vivir en paz.
México es país de corridos, pero de los que honran la memoria de los héroes revolucionarios o para sobrellevar las penas del corazón. Somos de corridos que celebran justicia, desdeñamos la trampa, la riqueza fácil y la impunidad.
¿Qué hacemos con esto? Como ciudadanos nos toca asumir responsabilidad. Sin pega de gritos o satanizando la música popular. Hablo de entender el poder de lo que entra por nuestros oídos. Hablo de responsabilidad compartida: de padres que explican a sus hijos riesgos, consecuencias. De maestros que abren debate sobre esas letras, de jóvenes que aprenden a cuestionar lo que cantan. Se trata de educar el gusto y la conciencia. Reflexionar sobre esas melodías que glorifica la crueldad, tener el valor de decir “esa canción no la aplaudo, no la bailo”.
Se trata de elegir. Decidir que queremos. Hacer legado para quienes vienen detrás, para los que afinan su identidad con lo que suena fuerte. Evitar confundir el ritmo con el daño. La música educa. Hagamos que valga la pena o ¿usted qué opina?…