Por: Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Hay días en que aprendo más observando el amanecer que escuchando discursos. Esta mañana, mientras intentaba convencer a mi cuerpo de soltarse y empezar de nuevo, vi cruzar una parvada sobre un cielo rayado y tierno. Pensé entonces en la cantidad de maestros silenciosos que nos rodean y en lo poco que sé reconocerlos. Porque ahora todos enseñamos.
Dictamos cátedra sobre la vida, la economía, la historia… la justicia. Sobran expertos al vapor y salvadores de cafetería empeñados en corregir el mundo desde la comodidad de una pantalla. Lo curioso es que hablamos como si hubiéramos entendido la existencia… y todavía hay noches en que no sabemos ni qué hacer con nuestra propia tristeza.
“Almas en botes vacíos que necesitan ser llenados”, escuché decir alguna vez en un salón. La frase me persigue.
Quizá porque ahí comienza uno de nuestros grandes errores: creer que venimos incompletos y que alguien allá afuera posee la verdad suficiente para rellenarnos, corregirnos y etiquetarnos.
¿Quién decide quién enseña?
¿Un título? ¿La experiencia? ¿O simplemente la necesidad humana de sentirse superior al otro?
Hay quienes estudiaron años para convertirse en profesores y otros desde el oficio humilde enseñan resistencia sin necesitar reflectores. La mujer que hace cuentas imposibles sin saber de tratados ni de grandes firmas, pero pone un plato de comida todos los días sobre su mesa. Quien entra de noche y sale de madrugada sabe más de dignidad que muchos tiburones del éxito financiero. Quien no cierra su negocio, quien no se rinde por más difíciles que se pongan las cosas. No cabe duda que la vida certifica maestros.
Da diplomados con ese cuerpo que envejece y, desobediente, enseña humildad sin recurrir a enciclopedias. La enfermedad, ese dolor que nos acomoda prioridades en segundos. Y el amor que muestra aquello que jurábamos no necesitar.
Esos talleres magistrales los descubro cada mañana, cuando levantarme implica negociar con pies y manos. Convencer al cuerpo de que todavía puede y yo quiero. Por eso enlisto a mis maestros favoritos: el beso afectuoso.
La mano que silenciosamente me ayuda a levantar las pesas. La palmada discreta. Esa sonrisa de quien roto murmura confiado: continúa.
Esos son mis grandes maestros. No los que hablan más fuerte.
No los que convierten cada conversación en tribunal. Me gustan esos que enseñan sin presumir que saben.
Admiro a quienes acompañan y escuchan de verdad. Al hombre que carga silencios y preocupaciones sin renunciar. A quienes conservan humanidad en medio de un mundo que premia más la apariencia que la bondad. Tal vez enseñar no sea llenar recipientes vacíos. Quizá sea compartir un pedazo de luz cuando el otro atraviesa oscuridad; ofrecer una costra de la propia herida para que ella sufra menos.
Y aprender… aprender exige desmontar el ego. Aceptar que seguimos siendo alumnos, aunque peinemos canas, acumulemos títulos o nos sintamos dueños de la certeza. Mi niño enseña alegría. El anciano, tiempo.
El dolor enseña profundidad y, quien hiere termina mostrando límites.
Por eso me gusta la frase de León Felipe: “Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo, porque lo importante no es llegar solo ni pronto, sino llegar con todos y a tiempo”.
Porque nadie nos construimos solos.
Detrás de cada persona que logró no doblarse, hubo manos invisibles, afectos discretos y palabras oportunas evitando la caída.
Y quizá ahí esté la verdadera enseñanza: Entender que maestro y alumno se necesitan mutuamente para no perderse del todo en este mundo. Sin orejas de burro, sin estrellitas, ni títulos. Sin sobrenombres…así nomás, con ganas de aprender y basta.

