//MENSAJE DOMINICAL:// Lo reconocieron al partir el pan

*Tercer domingo de Pascua


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

“El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús… mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron” (Luc. 24, 13-35).
Para estos discípulos, tal vez, el proyecto de fe que un día los llevó a dejar todo para seguir a Jesús, ahora ya no tiene sentido, pues lo han visto morir en la Cruz. Pero, Cristo resucitado no pierde tiempo para reafirmar en la fe y ayudarles a entender el plan de Dios.
En esta escena, los discípulos de Emaús tuvieron dos aciertos fundamentales: se dejaron acompañar por Jesús, donde le hicieron sentir sus dudas, y, luego, lo invitaron a quedarse con ellos: “quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.
Este pasaje nos deja algo muy claro: cuando le damos espacio a Jesús, él transforma desde dentro. A los apóstoles, primero, les explica las Escrituras y les fue iluminando el corazón; luego, al quedarse, estando a la mesa, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.
Cristo despertó su corazón explicándoles las escrituras: «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», les hizo ver cómo «toda la Escritura» habla de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29). La conclusión de toda esa experiencia fue: lo reconocieron en la fracción del Pan.
“La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan” (Juan Pablo II, MND). Así lo vemos, por ejemplo, en el evangelio de San Juan, donde el evento de la última cena, está precedido por la enseñanza de Jesús: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55), lo cual puso en crisis a gran parte de los oyentes, al grado que muchos se retiraron. No, así, Pedro y los apóstoles, ni la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» Jn. 6,68. (Cfr. Juan Pablo II, MND).
En la Eucaristía, explicaba San Juan Pablo II, la gloria está velada porque, a simple vista, no diría nada. Mas, es el misterio de fe por excelencia. Pero, precisamente, a través del misterio del ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual el creyente se introduce en las profundidades de la vida divina.
¡Quédate con nosotros Señor!, pues, sólo en tu presencia viva, podemos entenderlo todo. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, los fieles pueden revivir, de algún modo, la experiencia de los dos discípulos de Emaús: dejarse instruir para poder abrir el corazón y reconocerle en la fracción del Pan (cfr. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 6).
El enfermo nunca se siente tan fuerte como cuando con profunda fe, recibe a Jesús en la Eucaristía. El pecador se siente verdaderamente perdonado cuando tiene la posibilidad de postrarse de rodillas ante Jesús, presente en la Hostia santa, para adorarlo y reconocerlo con profundo amor. Por eso, no dudemos en decirle: “Quédate con nosotros, Señor”.
Este misterio no se explica por la ciencia, porque no alcanza. Pero lo experimenta el corazón humilde, que con profunda fe implora a Jesús: “Quédate con nosotros, Señor, porque sin ti la vida se hace oscura”.
“Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día… Quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural. Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son más vulnerables… Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza…” (Benedicto XVI).

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