Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Un día alguien me dijo: cada persona que llega tiene un lugar, y nadie más puede ocuparlo. Todos tenemos una silla, un espacio; nadie usurpa el lugar del otro. Saberlo me llenó de paz, pues entendí que estar aquí, en este momento, significa algo. No había error: estaba en el lugar y en el tiempo correcto.
Sin embargo, con los años también he observado una dinámica distinta. Hay quienes, desde el deslumbrante brillo del poder, pretenden retirar sillas de la mesa, quitar lo que por derecho ciudadano se ha ganado. Y ahí todo se complica. Pareciera que entramos en un juego de sillas musicales donde alguien quita un asiento para que otro pierda, sin darse cuenta de que, al hacerlo, quien retira la silla termina solo. Porque cada integrante que pierde su espacio no desaparece: se queda de pie, observa, es testigo… pero ya no participa. Y un gobierno que se queda solo, eventualmente, se vuelve sordo.
Esta reflexión viene a cuento porque han surgido inquietudes sobre la permanencia de los espacios ciudadanos dentro de los consejos de gobernanza. Confío en que se trate de una equivocación, una suposición o un malentendido de pasillo. Porque perder esa silla no sería un simple ajuste administrativo, ni un ahorro de tiempo, ni la excusa del costo económico —pues bien sabemos que son cargos honoríficos—. Omitirlos sería una renuncia silenciosa a la democracia participativa; una forma cómoda de ejercer el poder sin contrapesos.
La historia es una maestra implacable: cuando las decisiones se concentran y se asfixian los espacios de participación, no se gana en eficiencia, pero sí se pierde en equilibrio. Montesquieu lo advirtió con claridad: “todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él”. Por eso existen los contrapesos, no como un obstáculo para quien gobierna, sino como una garantía para quien es gobernado. Y por eso también hay que usar esos espacios: no son adorno ni premio, son responsabilidad.
Cuando las comunidades dejan de involucrarse en lo público, se rompe el tejido de lo cotidiano. Entonces, lo que antes era diálogo se vuelve instrucción; lo que era vigilancia compartida se convierte en confianza ciega. Y la confianza ciega, en cualquier ámbito, suele ser el preludio de los grandes errores.
Perder esa silla no es un tema menor; pues en esos consejos no solo se expresan inquietudes; se vigila el uso de un recurso que es de todos. Se construye esa corresponsabilidad necesaria que sostiene la vida pública y que, tarde o temprano, repercute en nuestra vida privada. ¿Cuántas veces se equivocan quienes creen que restando libertades o eliminando ojos críticos se facilita la gestión? Eso no es jugar derecho. Eso no es servicio.
Las sillas en los consejos no sobran. Mucho menos estorban.
Las sillas se reglamentan, se honran. Son como una pecera: un espacio de cristal donde todos podamos ver a quienes están dentro y, sobre todo, entender los movimientos que generan. La transparencia no es un favor que el poder concede; es el oxígeno de esa pecera.
Porque cuando una silla queda vacía, no es solo un mueble el que se retira… es una voz la que deja de escucharse. Y cuando permitimos que vacíen nuestras sillas, alguien más —con intereses que quizá no son los convenientes— decidirá por nosotros.
Podemos repetir que “nadie escucha” o que “las decisiones ya están tomadas”, pero el silencio también decide. Y casi siempre decide en contra de quien calla. Como siempre, tú eliges: sentarte a construir… o levantarte y dejar que otros dispongan de lo que también te pertenece.
Las sillas no se pierden solas… se abandonan.

