Ciudades ideales en cuerpos enfermos

Por: Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Durante mi visita al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología Leonardo da Vinci, permanecí largos minutos frente a la maqueta de la ciudad ideal concebida por el genio florentino. Un proyecto nacido de su obsesión por imaginar una ciudad salubre, ordenada y capaz de resolver los problemas de movilidad e higiene que padecía su tiempo. Su propuesta sigue siendo desafiante siglos después: avenidas amplias por donde circulan el aire y las personas; canales que limpian y renuevan; niveles pensados para que el caos no invada la vida cotidiana; una arquitectura donde la belleza nace de su funcionalidad.
Mientras contemplaba aquella ciudad perfecta, su cálida voz rompió el silencio.
—Nonna, ¿viste? No hay basura.
Pensé en responder que era una maqueta, que colocarla habría sido absurdo. Pero preferí callar y escuchar. Él continuó, con esa lógica que solo tienen los niños:
—Quizá es porque todos los que viven ahí aman su ciudad y no la maltratan.
Lo abracé y mi alma tembló. Porque, de pronto, comprendí que Leonardo había diseñado mucho más que edificios. Imaginó una comunidad donde el espacio público era el reflejo del respeto que las personas se profesaban entre sí participando. Mi pensamiento viajó a mi tierra, a mi amado pueblo; las preguntas azotaban:
¿Qué ocurre cuando una sociedad comienza a desmontar los espacios donde la ciudadanía puede participar? ¿Qué mensaje envía un gobierno cuando reduce o silencia a quienes representan el interés público?
La desaparición o el debilitamiento de los consejos ciudadanos no es un simple trámite administrativo. Es el síntoma de una democracia que limita sus instituciones, perdiendo su esencia fundamental: la participación de quienes deberían darles sentido. Sin ciudadanos, la gobernanza deja de ser un proyecto compartido para convertirse en un ejercicio de administración del poder.
Con frecuencia se argumenta que determinados proyectos corresponden exclusivamente al ámbito federal y, por ello, la participación ciudadana se vuelve secundaria, o incluso prescindible. Sin embargo, ninguna obra que transforme la vida de una comunidad debería construirse de espaldas a quienes habrán de vivir con sus consecuencias.
Y cuando escribo, no me falta barrio. El barrio no es una dirección; es una manera de mirar el mundo. Vive en la memoria heredada de quienes nos enseñaron que el progreso no consiste en levantar muros, sino en abrir puertas. Una ciudad se construye con piedra, se sostiene con palabra, escucha y responsabilidad compartida.
Mi abuela contaba que, cuando moría una persona muy querida y admirada en el pueblo, las calles se llenaban de hombres y mujeres de todos los oficios, de todos los vestidos para darle el último adiós. No acudían por obligación; iban por todo el bien que había prodigado. Hoy esa enseñanza parece desdibujarse. Nos cuesta reunirnos para cuidar el bien común con la misma generosidad con la que antes nos reuníamos para despedir a quienes lo habían construido.
Reconozco que las democracias no suelen deteriorarse de golpe. Comienzan debilitando los espacios donde la sociedad participa, cuestiona y observa. No porque esos órganos tengan un gran poder político, sino porque representan un principio incómodo: recordar que el Estado pertenece a los ciudadanos y no al revés.
Leonardo imaginó ciudades capaces de resistir epidemias. Cinco siglos después, quizá el desafío sea otro: curar las epidemias del poder que aíslan a los gobiernos de su propia gente. Entonces, la pregunta ya no es hacia dónde vamos, sino si quienes hoy gobiernan recordarán que ninguna ciudad será verdaderamente ideal mientras olviden que el poder no les pertenece, sino que les fue confiado y, por ende, nos pertenece a nosotros los ciudadanos.

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