*XVI domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
El domingo pasado, Jesús, con la parábola del buen sembrador, nos hizo ver la dificultad que encuentra la semilla del Reino para dar fruto en los corazones humanos. Unos corazones se van haciendo duros en el paso de la vida, otros tienen poca interioridad, unos más viven demasiado de lo exterior y lo material y, finalmente, algunos siguen siendo la tierra buena. Pero, entre todo, Dios nunca deja de tener confianza en nosotros, por eso, siembra a manos llenas.
Ahora, con la intención de seguirnos mostrando los misterios del Reino, nos presenta la parábola del hombre que sembró buena semilla en su campo y, mientras dormían los trabajadores, el enemigo vino y sembró la cizaña entre el trigo y se marchó. Al advertir este problema, el dueño ordena que no la arranquen, no sea que al arrancar la cizaña arranquen también el trigo (cfr. Mt. 13, 24ss). La razón de tal riesgo está en que, mientras se desarrollan, el trigo y la cizaña son muy similares. Su diferencia se muestra con claridad hasta el momento de dar los frutos.
Dice el libro del Génesis que, cuando Dios terminó la creación, vio todo lo que había hecho y todo estaba muy bien. En efecto, el mundo fue hecho con unas leyes naturales perfectas, sin las cuales no sería posible ni la ciencia ni la técnica ni el mínimo conocimiento empírico y, por tanto, ni el uso debido de las cosas. Gracias a que todo estuvo bien hecho, podemos conocer el comportamiento natural de las cosas y así las hacemos útiles para nosotros.
Pero, ahora cabe la pregunta: si todo estaba muy bien, ¿por qué hoy vivimos en graves crisis ecológicas, económicas, políticas, religiosas y, desde luego, morales? La causa nos la da el evangelio: Dios siembra la buena semilla, pero los aliados de Satanás ponen la cizaña mientras los obreros duermen. Las plantas de trigo y de cizaña se parecen, pero los que las sembraron saben que no son iguales.
La enseñanza de la parábola es del todo vigente, pues, hoy más que nunca, se tienen herramientas para presentar como bueno lo que no lo es, para hablar de verdad y esconder engaños. Ejemplos tenemos muchos: hay quienes hablan de calidad de vida y, a la vez, se afanan en contaminar y destruir la naturaleza; hay quienes hablan de calidad educativa, pero, a la vez, a la familia no se le respeta su autonomía para educar a los hijos en los buenos principios; el joven que no presume de tener sexo y consumir droga y alcohol se le ve como un bicho raro, pero después nos quejamos de la promiscuidad, de tantos embarazos no deseados y lloramos por los que mueren estrellados en accidentes. Esa es la cizaña que crece entre el trigo, todo parece bueno, pero estamos viviendo las consecuencias de los frutos equivocados.
Pero dice el evangelio que la cizaña se sembró mientras los trabajadores dormían, por lo que cabe preguntarnos: ¿cómo pueden dormirse tanto los papás para dejar que los hijos sean educados por la televisión, los videojuegos, por la calle y por otros agentes que promueven la violencia y la cultura de la muerte? ¿Cómo pueden dormirse tanto los evangelizadores y ministros de culto permitiendo que las ovejas caminen solas, a la deriva por las periferias existenciales, por un mundo sin Dios? ¿Cómo pueden dormirse los responsables de gobernar los pueblos dedicándose sobre todo a la búsqueda de votos, de imagen y de poder, mientras los pueblos se debaten entre la violencia, el hambre y un sin fin de necesidades? ¿Cómo pueden dormirse los miembros de otras estructuras sociales tratando de ser más influyentes, mientras el mundo lo que necesita son líderes de bien, que humanicen y que piensen en todos, sin sentimientos egoístas y sin falsos protagonismos?
Los hijos de Dios, que aceptan su Reino, deben ser como el grano de mostaza que en silencio crece hasta convertirse en un refugio donde vienen a sombrear hasta las aves del cielo. Deben ser como la levadura que fermenta la masa. Como dice el Papa Francisco, ojalá cada parroquia, cada grupo, cada cristiano (y podíamos agregar, cada habitante del mundo), sea como un oasis de misericordia, donde los demás se sientan confortados en el andar de la vida (Cfr. M. V. 12).
Pero eso no sucede mientras no aprendamos a gestar la vida desde los fundamentos sólidos que verdaderamente nos pueden sostener y hacer crecer; no sucede mientras nos aferremos a vivir sin Dios y sin los principios de vida que Él nos regala.

