Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Hace unos días, en un grupo de redes sociales, leí la publicación de una mujer que decidió hacer lo que muchos ya no se atreven: exhibió la fotografía y las señas particulares de un delincuente reincidente, un hombre que entra a prisión por robo con la misma rapidez con la que, de manera incomprensible, vuelve a caminar por las calles.
La mayoría agradeció la advertencia. Pero entre líneas se presentaba una pregunta incómoda: ¿se estará poniendo en riesgo?
Probablemente sí.
A los pocos días, por otro tema, un empresario me decía: «Ya me cansé de denunciar y de ser ignorado… No sé qué hacer. Me siento defraudado». Sus hombros vencidos me dolieron más que la infracción que denunciaba.
Fue entonces cuando pensé que, incluso en los tiempos más oscuros, hay algo dentro del ser humano que se resiste a desaparecer. Llámese conciencia, dignidad o, simplemente, humanidad. Es esa fuerza silenciosa que nos impulsa a levantar al caído, a proteger al desconocido, a decir “esto no está bien” cuando la prudencia aconseja callar. No nace de la ausencia del miedo; nace de caminar junto a él.
Sin embargo, esa fuerza también se desgasta, indudablemente erosiona. Abruma la persistencia y, aunque rendirse parezca la salida más sencilla, todavía podemos decidir de qué lado queremos vivir. Porque si la maldad existe, la dignidad también. Y cada día elegimos cuál de las alimentaremos.
Convivimos no solo con la delincuencia. Hemos terminado por acostumbrarnos al abandono, a la basura que invade el espacio público hasta fusionarse con el panorama, a la agresividad cotidiana y a una corrupción tan grotesca que ha dejado de escandalizarnos.
El miedo rara vez llega de golpe. Se instala lentamente. Se cuela en la mujer que descubre que la indiferencia duele casi tanto como los golpes. Aparece cuando un comerciante baja la cortina para salvar la vida frente a la extorsión, o cuando un empresario entrega una “comisión” porque enfrentarse al abuso que amenaza años de esfuerzo y el sustento de muchas familias.
Así se aprende el mutismo. Nace de la soledad; de instituciones que dejaron de ser refugio y de ciudadanos que dejaron de sentirse acompañados. Entonces boqueamos como pez fuera del agua. Y me pregunto si el miedo ha dejado de ser una emoción para convertirse en nuestro paisaje: una bruma que modifica la manera de mirar el mundo hasta que aquello que antes nos indignaba, termina pareciéndonos inevitable.
Ahí comienza el verdadero triunfo del delincuente. Ya no necesita esconderse. Posa tranquilo y confiado como en esa fotografía, Pues sabe que el silencio ajeno lo protege mejor que cualquier cómplice. Asiste a reuniones, hace negocios, recibe saludos, da discursos y estrechas manos de quienes conocen perfectamente su historia.
Mientras escribo estas líneas vuelvo a mirar aquellos hombros vencidos. Hoy reconozco que no los dobló únicamente la indiferencia de las instituciones o de los gobiernos; los fue arrugando la pausada y consistente pérdida de esperanza. Ese es el daño más profundo de la impunidad: no solo multiplica los delitos, desgasta el ánimo. Su persistencia convence de que resistir ya no tiene sentido y el silencio se transforma en hábito.
Quizá ese sea su precio más alto: no el de proteger al delincuente, sino el de ir deshabitando al ciudadano. Porque una sociedad comienza a perderse el día en que la esperanza se encorva y, vuelven a nacer: Los agachados, “ciegos ante el abuso y mudos ante la injusticia” (Rius).

