Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Conocí a Meg sin buscarla; la vida me cruzó con alguien dedicado a un oficio extraño: acompañar a otros a encontrarse consigo. De presencia impecable —coleta rubia, cejas oscuras, mirada atenta—, tiene una voz directa, fresca, sin adornos innecesarios. Mientras la escuchaba por primera vez, algo dentro de mí comenzó a inquietarse. No era solo admiración; era una incomodidad fértil. Me pregunté si era posible convertirme en una mejor versión de mí misma o si existía alguna manera de limar ese terco “así soy”, justificador de miserias.
La historia de Meg no está hecha solo de triunfos; ha pasado por sus propios claroscuros. Sin embargo, hay algo que sobresale en ella: una constancia casi excesiva. Lo que algunos llamarían terquedad y otros perseverancia, a mí me suena a una fidelidad profunda hacia sí misma: la decisión de seguir avanzando incluso cuando el camino no promete recompensa.
Siete años de recorrer la vida cerca de ella —incluido su invaluable acompañamiento mientras transité por el laberinto del Guillain-Barré— me hicieron volver a la vieja pregunta: ¿Por qué alguien dedicaría su vida a ayudar a otros a convertirse en mejores personas? ¿Es una vocación genuina, una forma discreta de heroísmo o apenas otra manera de llenar los barrancos de una época confundida?
La duda no es menor. Durante años he asistido y observado cientos de cursos, talleres; consumiendo libros y videos que ofrecen respuestas de las que sales igual, o revivificando historias fallidas que rellenan ese hueco alejado de Dios. Como escéptica profesional, aprendí a desconfiar de las promesas rápidas, pues ni todo es sano ni todo es fraude. Pero en tiempos donde abundan las razones para señalar al mundo —la política, el dinero, el poder, la injusticia y toda la “porquería y media” que nos rodea—, mirar hacia adentro puede convertirse en un acto impostergable. Porque llega un momento en que ya no basta con preguntarnos quién está mal afuera; se vuelve valioso preguntar qué hago con aquello que duele.
Y, ante la duda, tengo una costumbre casi enfermiza: observar. Miro minuciosamente. Examino gestos, reacciones, contradicciones. Me miro con aumento. En ese escrutinio interminable aparece aquel hombre dócil transformado en ambicioso y rapaz, o el gigante titán inclinado, besando a quien le ofrece amor. Están los diamantes en bruto endurecidos en carbón por miedo a cambiar, mientras piedras arcillosas, contra todo pronóstico, deslumbran como medusas de luna en plena oscuridad.
Entonces escucho a Meg: el trabajo interior sí produce cambios. Quizá invisibles, pero reales. Sin milagros instantáneos ni polvos mágicos capaces de domesticar a la sombra que cohabita en nosotros; pero reconocerla puede ser la tabla de salvación para navegar cuando lo inevitable sin aviso, llega a casa.
Los cambios auténticos no se acompañan con revelaciones místicas. Son la repetición obstinada de pequeñas decisiones: detenerse antes de reaccionar, poner límites sin culpa, aceptar que no podemos controlar las decisiones de otros, amar a las personas como son y no como deseo que sean. Implica asumir la responsabilidad de lo que hacemos, callamos y toleramos.
Es duro aceptar que, muchas veces, el principal obstáculo para nuestra paz lleva mi nombre y se señorea con mi apellido.
Quizá por eso personas como Meg persisten en lo que hacen. No porque tengan respuestas para todo ni porque prometan milagros, sino porque saben que crecer no consiste en evitar el sufrimiento, sino en aprender a atravesarlo sin perderse a uno mismo.
Al final, ser auténtico no debería significar justificarse, sino tener la honestidad de reconocer qué parte debe permanecer… y cuál lleva demasiado tiempo pidiendo transformarse.

