*X domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: yo quiero misericordia y no sacrificios” (Mt. 9, 9-13). El llamado que el Señor Jesús hizo a Mateo dio pie a una reacción de los fariseos contra Jesús, por juntarse con publicanos y pecadores. Pero, el Señor aprovecha la ocasión para recordarnos lo que desde siempre ha sido el deseo más importante de Dios: “porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6, 6).
Para el pueblo, en tiempo de Jesús, la fe estaba centraba, ante todo, en actos de culto, que, en su mayoría, eran ritos vacíos de contenido y con grandes exigencias económicas. Pero, Jesús viene para que nos reencontremos con la esencia de Dios: su misericordia. Esta “misericordia renueva y redime, porque es el encuentro de dos corazones: el de Dios, que sale al encuentro, y el del hombre” (Francisco, Misericordia et Misera, 16).
La misericordia es un don de Dios para compartir, para generar cultura y estilo de vida. Es el camino que sana a la humanidad. El verdadero creyente sabe compartir la alegría de creer, por eso, trabaja por la dignificación de las personas. El Papa Francisco nos compartía una experiencia: “aunque no llegue a ser noticia, existen muchos signos concretos de bondad y ternura dirigidos a los más pequeños e indefensos, a los que están más solos y abandonados. Existen personas que encarnan realmente la caridad y que llevan continuamente la solidaridad a los más pobres e infelices. Agradezcamos a Dios el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad herida, son como una invitación para descubrir la alegría de hacerse prójimo” (Ibidem, 17). En ese sentido, el mismo Papa insistía en que la credibilidad de la Iglesia pasa a través de la misericordia. “Jesús afirma que la misericordia no es sólo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente hijos” (Francisco, Misericordiae vultus, 9).
El pueblo judío vivía bajo una tentación, que se vuelve peligrosa para cualquier agrupación religiosa, incluyendo a la Iglesia católica: tener miedo de perder el control. Parece que hay que cuidar a Dios, cuando él es quien nos cuida a nosotros; parece que hay que hacer las cosas difíciles, cuando Dios es enteramente accesible; parece que hay que hacer saber que no todos son dignos, cuando en realidad nadie lo es, olvidando que Jesús es quien realmente hizo los méritos por todos. De ahí la crítica a Jesús: “come con los publicanos y pecadores”
El Papa León XIV, retomando la enseñanza en Fratelli Tutti, del Papa Francisco, nos dice: “Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. (…) ¿acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?” (Dilexi te 105.106).
Hagamos menos cuadrado el evangelio, acompañemos de verdad al que se siente relegado, compartamos la alegría de creer, pero también ayudemos a que los más olvidados perciban la caricia del amor divino que sana las heridas del corazón. Pero también Dios quiere que le ayudemos a sanar las heridas del cuerpo de muchos.
Dice Oseas: “Esfuércense por conocer al Señor”. Y a eso vino Jesús, a ayudarnos a conocer a Dios, para que no lo desfiguremos. Que, conociéndolo bien, lo disfrutemos y lo compartamos como es en realidad, no con miedos ni escrúpulos, no controlándolo, sino permitiendo que fluya su misericordia.
Dichosos nosotros porque Jesús no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores.

