¿Solo la envidia necesaria?

Por: Velia María Áurea Hontoria Álvarez

Hace unos días fui invitada a una relevante reunión de trabajo en León y debo confesar algo que no me enorgullece: sentí envidia. No la mezquina y ruin que busca el mal ajeno, sino esa otra, más incómoda y útil, la que aparece cuando uno descubre que lo posible existe, solo que en otra parte. Escuchar a espacios ciudadanos de primer nivel me aguijoneó; recorrer sus avenidas vivas e iluminadas y reconocer una infraestructura urbana sostenida por una sociedad que aprendió a pensar la ciudad más allá del trienio me dejó en un silencio incómodo.
El León de hoy no es un accidente. Aún permanece en mi memoria aquella ciudad que olía a azufre y curtiduría, asfixiada por la contaminación de su río, el desorden vial y una pobreza periférica que parecía intratable. No era la joya del Bajío; era un problema complejo.
¿Qué ocurrió? No fue magia ni obra de un mesías político. León entendió que el desarrollo no cabe en el calendario electoral. Mientras la política hacía piruetas, una parte decisiva de su sociedad —organismos empresariales, espacios ciudadanos, universidades e inversionistas— empujó proyectos de largo plazo y los blindó de las ocurrencias. Exigió, financió e insistió. Apostó por la continuidad.
Al regresar a mi amada Celaya, el contraste duele. Pasar de la iluminación leonesa a nuestras zonas en penumbra no es solo asunto de luminarias; es el reflejo de una desconexión más profunda. Celaya ha pagado un costo altísimo debido a los desafíos de seguridad que todos reconocemos. Sería injusto ignorarlo, pero tampoco es la explicación completa.
La parálisis que a veces se respira habla también de una comunidad cansada, golpeada por el desánimo, que lentamente cedió el espacio público, normalizó el deterioro y permitió que la desidia se acumulara igual que la basura. Pero la queja jamás ha construido un solo metro cuadrado de asfalto. El “hubiera” puede explicar el pasado, pero no edifica ciudades.
Se nos nombra Polo de Desarrollo por nuestra ubicación estratégica. Por lo que es momento de traducirla en dignidad urbana. Pues no basta con tener una posición envidiable; hay que convertirla en calles iluminadas, espacios públicos cuidados, seguridad cotidiana, limpieza, movilidad y condiciones de vida que estén a la altura de lo que Celaya debe y quiere ser.
Por eso, hoy el Observatorio Ciudadano Celayense puede marcar la diferencia si logra convertirse no solo en un espacio de diagnóstico, sino en una plataforma de seguimiento público, exigencia y continuidad. Cuenta con elementos valiosos: empresarios que siguen abriendo turnos, maestros que investigan, comerciantes que levantan cortinas y vecinos que todavía se organizan.
Sin embargo, los esfuerzos aislados no bastarán si seguimos dejando la responsabilidad en manos de unos cuantos. Es necesario continuar fomentando espacios de ciudadanía organizada, sin foco y con enfoque.
Porque la pregunta ya no es quién falló, sino qué estamos dispuestos a recuperar, cuidar y exigir como propio. Entonces, toca empezar por lo íntimo: la calle que habitamos, la luminaria que falta, la autoridad a la que dejamos de pedir cuentas, la reunión vecinal postergada, el prado frente al negocio, la necesaria denuncia y la basura que decidimos poner en su lugar.
Celaya no se rescata con discursos perfectos, sino con ciudadanos que vuelven a ocupar su lugar. ¿Estamos de acuerdo?

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