Por Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Todo amor que protege enfrenta, tarde o temprano, una tentación muy humana: confundirse con el control. Nos pasa en casa, con las empresas y en la vida pública. Bajo el argumento de cuidar, orientar o de plano salvar al otro, terminamos administrando su libertad como si fuera un permiso que nos toca dar.
Esa vigilancia puede nacer de una soberbia sutil: creer que nadie más va a saber decidir, caerse o levantarse tan bien como nosotros ejercemos y dictamos, por eso queriendo proteger, ocupamos todo el espacio, asfixiamos. Lo más triste es que, casi sin darnos cuenta, terminamos repitiendo con exactitud el mismo patrón que alguna vez juramos jamás repetir.
La dependencia para quien la recibe es cómoda al principio, pero sale carísima para quien la otorga. Nos vuelve adictos, a sentirnos indispensables e inútiles. Por eso vemos gobiernos que reparten apoyos sin enseñar a trabajar, jefes que resuelven cada problema para que nadie aprenda a caminar sin ellos, y padres que pagan cada deuda, esquivan cada golpe y limpian el camino de piedras, hasta que forjan un “baby Frankenstein” adulto. Todo como si fuéramos eternos.
Definitivamente el poder tienta; es un alimento sutil al ego reconocer que el otro no puede vivir sin nosotros. Por eso la verdadera autoridad es tan difícil. No se trata de fabricar dependientes ni de moldear obedientes, sino de formar personas capaces de caminar firmes cuando la mano que los guía ya no esté presente o mejor aún mirando la otra orilla.
Los grandes padres entienden lo que a muchos políticos y jefes se les olvida: el éxito de la autoridad no se nota cuando te necesitan, sino cuando son capaces de seguir adelante… y eso lo observo en ti.
Por eso los mejores padres no son los que nos dieron todo resuelto, sino los que mejor nos enseñaron. Los que nos dejaron caer para que aprendiéramos a levantarnos, y nos miraron tropezar. Aconsejaron sin imponer destino. Corrigieron firmes, sin aplastar ni humillar. Ellos, quienes entendieron que la disciplina no es amarrar, sino entrenamiento para volar, siguen aquí grabados, en esta memoria del corazón.
Muchos de nosotros seguimos escuchando esas voces con los años. No porque nos digan qué hacer, sino porque nos dejaron los criterios para decidir. Esa es la diferencia real entre la tutela y formar: uno crea dependientes, el otro construye personas en libertad.
Este Día del Padre honro a quienes entendieron esa frontera. A los que no vieron en sus hijos una propiedad. Y a ti… que sostienes con fuerza, pero tienes el valor de soltar.
Porque el verdadero certificado de paternidad no lo firma un juez, ni un registro civil, ni la biología. Lo otorga la vida diaria. Se gana cuando ves que tu hijo se sostiene solo, cuando vive la adversidad con dignidad, cuando decide y cuando, aun caminando solo, lleva consigo tus enseñanzas.
Educar es una paradoja que duele: dedicar la vida entera a preparar a alguien para que un día ya no te necesite. ¡Caray! Eso sí es amor. Definitivamente no hay un reto de amor más difícil, ni un legado más grande.
Indudablemente es lo mejor de ser papá: descubrir que el amor de verdad no retiene, sino que impulsa; no encadena, libera; no fabrica dependientes, sino que da alas y te enseña a reinventarte.
Feliz y mágico Día del Padre. Gracias por tanto amor.

