*XII domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
“No teman a los hombres”. “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt. 10). Muchas veces, cuando escuchamos estas máximas del Evangelio, nos puede venir la tentación de decir que están fuera de la realidad. Y más en este tiempo en que los rostros de la maldad, la muerte y las injusticias se vuelven tan variados y contundentes.
El miedo puede plantearse desde una cultura de la muerte y de tantos atropellos humanos, que, cada vez, son más dramáticos. Pero, hay un miedo todavía más dañino, que es el que nos impide decidirnos por proyectos serios que le sumen a la vida humana de modo integral, que promuevan de fondo la dignidad humana.
Ahora que el mundo se oscurece por la violencia y por un sinfín de descuidos de la dignidad humana, perdamos el miedo y salgamos al encuentro del hombre que tanto necesita signos de esperanza. Como dice el Papa León XIV: “allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (M H 1). Es penoso, pero, entre las causas del deterioro social que enfrentamos, también debemos contar el hecho de que muchos no sabemos presentar y enamorar a otros del amor y la verdad que nacen del evangelio, ingredientes fundamentales para una cultura verdaderamente humana.
Tenemos ejemplos extraordinarios de personas que, rompiendo el miedo, hicieron que la grandeza del evangelio fuera transformando realidades complicadas. Tenemos a los mismos apóstoles, que transformaron estructuras, culturas, situaciones geográficas, etc. En México tenemos el ejemplo de los mártires que, con su sangre, hicieron fértiles estas tierras. A cien años del movimiento cristero, seguimos cosechando la fe que ellos sembraron. Tenemos el ejemplo de muchos papás, catequistas, evangelizadores y más personas de buena voluntad, que fieles a la verdad, se aferran a sembrar la savia del evangelio y de los buenos principios que hacen fuerte a un pueblo. Defienden la belleza de la vida, del amor, de la familia, la dicha de nuestra casa común y, en general, buscan una calidad de vida para todos.
¡No tengan miedo! “Porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”. “Si los pajarillos, que son de tan escaso precio, no dejan de estar bajo la providencia y cuidado de Dios, ¿cómo ustedes, que por naturaleza de su alma son eternos, podrán temer que no los mire con particular cuidado Aquel a quien ustedes respetan como a su Padre?” (San Jerónimo).
La fuerza de la Palabra, de la gracia y de la caridad divinas, no puede detenerse ante ninguna adversidad, son los principios de vida que hacen que todo pueda funcionar de modo diferente. Ahora que estamos en crisis es cuando menos podemos acobardarnos y esconder lo que más falta le hace al mundo.
“No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Obvio, estas palabras no se pueden traducir en un “no te va pasar nada”. Es normal que nos encontremos con calumnias, con personas que puedan lastimar nuestro cuerpo, cada vez hay más personas que se organizan para dañar a los demás y quitarnos lo que hemos adquirido de modo digno. Pero, aún con esos riesgos, “no tengas miedo”, es decir, no te detengas, no dejes de ser fiel en la tarea de hacer el bien, porque eso es lo que genera una cultura diferente fundamentada en la verdad.
¡No tengan miedo! Con estas palabras abrió San Juan Pablo II su pontificado. ¡No tengan miedo de abrir de par en par las puertas del corazón a Cristo! Se trata de una expresión, de un grito lleno de esperanza, capaz de revolucionar al mundo tan lleno de vacíos, dolores y confusiones.

