*XIX domingo del tiempo ordinario
Pbro. Carlos Sandoval Rangel
Mientras el miedo paraliza, la confianza en Dios nos da seguridad. En el libro de los Reyes encontramos la experiencia del profeta Elías, el hombre de Dios, que huye al desierto. Tiene miedo porque el rey lo quiere matar, se siente abandonado al grado que mejor quisiera morir (cfr. 1 Re. 19, 1- 9). La situación crítica del profeta sí es por la persecución, pero, sobre todo, por haber olvidado que su misión tiene una dimensión divina.
En San Mateo encontramos dos experiencias similares: Jesús, después de la multiplicación de los panes, se queda para despedir a la gente y luego para orar, mientras los discípulos avanzan en la barca. Y dice el evangelio que por la madrugada Jesús fue hacia ellos, caminando sobre las aguas, por lo cual ellos se espantaron y daban gritos de terror, pensando que era un fantasma (cfr. Mt. 14, 22 – 26). Después, el evangelio nos presenta otra situación: “Pedro le dijo: Señor si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua. Jesús le contestó: ven” (Mt. 14, 28.29). Pedro fue hacia Él, pero ante la fuerza del viento sintió miedo y se empezó a hundir…”.
Las experiencias del profeta Elías, de los apóstoles y, en particular, de Pedro, nos muestran que, efectivamente, cuando perdemos de vista a Dios y nos concentramos demasiado en las circunstancias, tarde o temprano, nos sentiremos perdidos.
Los prodigios del profeta Elías, como desafiar a los profetas de Baal y muchos más, habían sido extraordinarios. Igual, los milagros que los apóstoles han presenciado con Jesús les ha permitido entender el poder de Dios. Pero, ahora la palabra de Dios, y en especial el evangelio, nos quiere llevar a un nivel de fe más alto: entrar en los proyectos de Dios, confiando en la grandeza de la palabra divina. Que la fe no quede sustentada únicamente en los milagros.
La fe nos permite entender que Dios siempre está, sea en lo cotidiano, en los momentos de regocijo, pero también donde los vientos impetuosos de la vida nos ponen a prueba. Cuando el profeta cree que todo está perdido y lo que sigue es la muerte, el Señor le habla: “sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar” (1 Re. 19, 11). Así lo hizo Elías y reconoció al Señor en la brisa suave (cfr. 1 Re. 19, 13). Bastó que Elías redescubriera la presencia de Dios en su vida para reprender con fuerza y sentido su misión.
Ante el temor de los apóstoles, Jesús les habla: “tranquilícense y no teman. Soy yo” (Mt. 14, 27). Pedro, por su parte, al verse perdido, gritó a Jesús: ¡Sálvame Señor! Se trata de la fe no sustentada en los milagros, sino en la garantía de la presencia de Dios y en la confianza de actuar desde su palabra.
Elías y Pedro se concentraron más en las dificultades. Pedro sintió el viento y posiblemente la distancia que le faltaba. Por eso, el reproche de Jesús: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt. 14, 31). A Pedro le faltaba aprender que el camino de Dios no se mide, así, también, luego su miedo ante el anuncio de la Cruz. El camino de la fe, simplemente se emprende, aún, en las necesidades extremas de la vida, con la confianza absoluta de que es Dios quien llama.
En la vida cotidiana, tenemos el ejemplo del buen campesino, que siempre echa el grano en la tierra en el nombre de Dios, sin saber cómo serán las adversidades del tiempo. Así emprenden su camino los nuevos matrimonios. Cómo no pensar en las familias que, al estrenar su casa, lo primero que hacen es consagrarla a Dios o las mamás que en cuanto el hijo sale de casa le dan la bendición. Son muchos los ejemplos de fe, donde las personas enfrentan las tareas de la vida sostenidas en un deseo: hacer la voluntad de Dios.
Cuando la fe no es tan clara, cuando nos damos chances indebidas, cuando las tareas más sagradas como la familia o el apostolado sutilmente pasan a segundo plano, cuando la oración no es frecuente y atenta, etc., ¡atención! ¡Estamos en grave peligro! Nos estamos perdiendo. Nunca bastan los cálculos humanos.
Señor, auméntame la fe, de lo contrario las circunstancias del tiempo harán que mi vida se vuelva vacía y estéril, harán que pierda los horizontes que sólo tú puedes dar.

