//MENSAJE DOMINICAL:// Una fe incluyente

*XX domingo del tiempo ordinario


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

La fe, cuando se funda en la verdad como viene de Dios, siempre nos lleva a vivir y promover los principios que dignifican al ser humano. La tarea de dignificar al ser humano es de todos y en bien de todos, más allá de su lugar de origen, creencias religiosas, raza, condición económica o cultural. Hoy, en particular, la palabra de Dios nos invita a poner atención a un sector vulnerable, los extranjeros.

El profeta Isaías, en nombre de Dios, habla al pueblo: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia…”. Pero de esto deben ser también beneficiados los extranjeros (Is. 56, 6-7). San Pablo escribe a los romanos y alaba la sensatez de los que antes eran considerados rebeldes, pero, ahora, el camino de la fe les permite una vida nueva (Rom. 11, 32). Y, como siempre, la cumbre es Cristo, el cual, en el evangelio, alaba la fe de una persona con connotaciones comúnmente discriminatorias: mujer, extranjera y perteneciente a un pueblo que practica otra religión.

Una de las novedades en los slogans políticos y sociales del tiempo actual es el tema de la inclusión, que desde luego es algo a trabajar con firmeza. Mas lo que acá apenas es novedad, para la fe es toda una tradición. Sólo que la fe aborda este tema de modo integral. Al hacerlo así, se evitaría que, a ciertos grupos minoritarios, a veces, se les permita actuar con actitudes antisociales. Se trata de integrar, de dignificar.

La doctrina de la Iglesia siempre se mueve en principios antropológicos muy claros: “Todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen… (por lo que) toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por los motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida” (G. S. 29). A partir de estos principios, el Papa Francisco, al tratarse de los migrantes y, en general, de los vulnerables, subrayaba cuatro verbos fundamentales: acoger, proteger, promover e integrar.

Para vencer el mal de la discriminación, por el motivo que sea, Dios nos regaló el mandamiento del amor. Este mandamiento, como decía el filósofo Karol Wojtyla, consiste en ejercer la capacidad de compartir la riqueza del propio ser, con los cercanos y con los que no lo son. O, en palabras del Papa Francisco, es aprender a ser prójimo sin fronteras (F. T. 80.81).

Cuando la atención al extranjero y, en general, al marginado, consiste sólo en aumentar los programas asistencialistas o en tolerar expresiones antisociales, entonces no se integra y no se ayuda al otro a que crezca y a que sea verdaderamente parte de nosotros. Por eso, el evangelio nos pone en claro el contenido de una verdadera inclusión, al grado de superar las divisiones en sus expresiones de racismos, discriminación o, como dice el Papa Francisco, hay que superar la exclusión. Aquella mujer no sólo tenía la adversidad de ser mujer, sino también de ser extranjera y, en consecuencia, profesar una fe diferente. Pero el camino de Cristo fue hacerla crecer, al grado de que gana una alabanza del mismo Jesús. En definitiva, la exclusión social no se supera sólo con reconocimientos legales, ni con dádivas asistencialistas, sino dignificando las condiciones y las oportunidades.

Mientras el evangelio promueve la unidad y la inclusión, desde los albores de la post modernidad, nuestros días, cada vez surgen nuevas ideologías que sectorizan la humanidad. La fe, como el proyecto de humanización más profundo y seguro, nos hace crecer como personas y a reconocer al otro, por encima de sus condiciones.

Como hijos de Dios, no podemos dejar de reconocer y promover la grandeza del hombre, hecho a imagen de Dios, lo cual le confiere una dignidad eminente (Cfr. Juan Pablo II. Mensaje a las Naciones Unidas 1984). El valor del ser humano es tan alto, que Cristo para enaltecerlo, entregó su vida por cada uno.

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