Parte tres
J. Gerardo Mosqueda M.
En esta tercera colaboración, que podría ser de un diálogo abierto, pero particularmente solidario acerca de los jóvenes y sobre todo dirigido a ellos, porque son la materia central de estas colaboraciones, considero importante reflexionar en la relación espacio temporal de los jóvenes, los deportes y las situaciones emocionales que están en la esencia misma de la personalidad de un joven.
El deporte es una herramienta espectacular para favorecer el bienestar emocional, pero también viene acompañado de dinámicas complejas, por ejemplo; hay grandes beneficios, insustituibles ante los roles y las presiones emocionales en los jóvenes, en su faceta de atletas, ya sean de alto rendimiento o simplemente de carácter recreativo.
Si lo vemos desde la óptica de los beneficios del deporte, en las emociones, es evidente que contribuye a la reducción del estrés y la ansiedad, porque es la actividad física que ayuda a liberar endorfinas y también a regular el cortisol, se eleva la autoestima y la confianza en sí mismo y esto se puede observar a través del impacto que sucede en la persona para superar retos y desde luego ver mejoras físicas y técnicas en el manejo de un deporte; también el impacto que produce la capacidad de superar retos personales y de ver mejores condiciones físicas son, sin lugar a duda, un factor de incremento de la autoestima y de la confianza en uno mismo.
El deporte en sí mismo es un espacio para encontrar pertenencia, por tanto, disminuir o mitigar la soledad, creando condiciones de comunidad… aunque parezca paradójico los retos y las presiones emocionales en los jóvenes, en particular en los atletas, genera un impacto psicológico que pone a prueba la autoestima y la confianza por el impacto que produce el esfuerzo de superar retos personales y ver mejores condiciones físicas y técnicas.
Existe miedo al fracaso, sin lugar a duda, también las presiones del entorno familiar o de los entrenadores y por supuesto la frustración que produce una derrota o una serie de derrotas generan un impacto psicológico, especialmente tener que parar de entrenar o tener miedo a no recuperar el nivel de competencia.
Es verdad que existe una autoexigencia para que el deporte siga siendo disfrutable y no una fuente de sufrimiento.
Otra contradicción muy común por plantearse es integrar las visiones, cada vez más presentes en la relación humana entre los jóvenes por el uso de etiquetas generacionales o términos asociados a las etiquetas generacionales que reflejan un cambio profundo de cómo los jóvenes hoy construyen su identidad y procesan sus emociones. Lo que a menudo se puede percibir desde fuera como una fragilidad o una dependencia excesiva de los rótulos sociales es en realidad resultado de un entorno hiperconectado, una mayor alfabetización emocional y la búsqueda de pertenencia en un mundo inestable.
Los jóvenes actualmente han crecido inmersos en una era de algoritmos de redes sociales y en estas plataformas, las etiquetas sirven para encontrar su tribu, es decir, agruparse bajó etiquetas que les permite conectar casi instantáneamente con personas de todo el mundo que comparten sus mismos intereses, orientaciones, neuro divergencias y hasta estilos de vida. Por eso, si ven que otros usan sus mismas etiquetas, les hace sentir que sus experiencias personales no son tan raras ni tan aisladas.
Cuándo usamos el concepto generación de cristal para referirnos de algún modo peyorativo, y con esto criticar que los jóvenes que aparentemente se quejan de todo y se rompen fácilmente… siempre tiene sentido ver el reverso de una moneda, porque a los llamados generación Z, que no es necesariamente más débil, en general, es la primer generación que tiene un vocabulario y cierta facilidad para hablar, entre otros temas, de salud mental, es decir, lo que hace algunos años se reprimía, hoy se identifica por su nombre y se atiende.
Por eso en lugar de normalizar el maltrato, la explotación laboral o la presión extrema, los jóvenes prefieren poner límites, lo que a menudo suele malinterpretarse como una falta de carácter y podemos decir que existe un punto crítico en el manejo de las etiquetas y el enfoque emocional se puede volver contraproducente.
Cada vez estamos más familiarizados con muchos jóvenes que adoptan etiquetas clínicas o psicológicas, basándose en videos cortos y otras imágenes que aparecen en Internet, de algún modo asumen identidades que limitan su crecimiento, como por ejemplo justificar la falta de disciplina o evitar retos diciendo que es por su ansiedad; al encerrarse en una etiqueta, los jóvenes pueden empezar a ver el mundo de manera dicotómica, es decir, víctima contra agresor, seguro contra inseguro, reduciendo su capacidad de desarrollar resiliencia ante las frustraciones normales de la vida.
Desde luego que, en el ámbito del deporte, este choque cultural es muy evidente, quizá los entrenadores que quedan de la vieja escuela algunas veces chocan con los deportistas jóvenes actuales porque antes podían darle cierto valor a jugar con dolor o aguantarse gritos, como muestra del carácter, ahora un joven puede identificar un trato hostil como abuso verbal o priorizar su salud mental por encima de un campeonato.
El reto actual no es quitarse las etiquetas, sino que los jóvenes aprendan que nombrar una emoción es el primer paso para gestionarla y no una excusa para detenerse, entonces podemos afirmar que existe una generación de cristal, pero a la vez, en el mundo del deporte, hay cada vez más récords olímpicos y mundiales y entonces este razonamiento parece una contradicción. Es indudable que existe una hipersensibilidad de las actuales generaciones que no se traduce en debilidad, sino en una nueva forma de optimización humana, basada en la ciencia, la salud mental y la especialización.
¿Cómo conviven entonces la fragilidad percibida a la que coloquialmente le llamamos etiquetas y un triunfo histórico? Los atletas jóvenes de hoy no son menos aguantadores, simplemente son más eficientes? Gracias a la ciencia aplicada es con lo que logran optimizar los ciclos de descanso, una nutrición milimétrica, bio-mecánica y tecnología, y lo que durante mucho tiempo se vio como falta de carácter, es decir que se está sobreentrenando y cansando un organismo de un competidor, hoy realmente lo que se mide con tecnología de punta para evitar lesiones y por lo tanto el deportista está en mejores condiciones porque se cuida más.
La salud mental es como una especie de dopaje legal en este siglo, porque hay una gran diferencia en que la actual generación no esconde su vulnerabilidad, sino que la trabaja con profesionales de manera que expresar la ansiedad, el miedo o la presión es el primer paso para sanarse y los atletas actuales trabajan abiertamente con sus presiones y sus traumas, con su psicólogo de cabecera y entran a las competencias con las mentes más limpias y enfocadas.
Se superan récords cuando los jóvenes mantienen el cuidado adecuado, y se rediseñan con tecnologías que hasta pueden ser cristales tan fuertes… como un diamante, porque rompen los límites físicos, utilizando las condiciones a su favor, sin embargo, la disciplina, la búsqueda constante de superación y el someterse a valuaciones implacables bajo una presión extrema, siguen siendo pilares inamovibles de alto rendimiento. Sin ello ningún récord es posible. Por estas razones el deporte de élite no será nunca un espacio libre de frustraciones, al contrario, es un entorno de competencia constante, directa, pero el secreto estaría entonces en entender que no ha cambiado ni la exigencia, ni el esfuerzo, ni la disciplina, sino el cómo se construye mentalmente al atleta para que soporte esa presión sin romperse.
La disciplina es y seguirá siendo indispensable, por convicción no por sumisión y sin embargo, el motor psicológico ha evolucionado, porque ahora cualquier atleta necesita y exige un trato profesional, respetuoso, pero es capaz de someterse a cualquier carga de trabajo que sea necesaria porque se entiende el propósito de la exigencia y del dolor y cada evaluación permite identificar el progreso porque la salud mental es una variable medible dentro de la evaluación general y para empujar un límite humano. El cerebro debe estar libre de interferencias emocionales.
No se trata, entonces de argumentar las fragilidades, porque para llegar a un podio olímpico, hay que haber superado un gran esfuerzo que una persona común no siempre puede imaginar; la diferencia con la generación Z, no es que evitan el sufrimiento, sino que, ya no validan el sufrimiento, soportan la disciplina más estricta para superar los límites, pero requieren que su humanidad y su mente sean gestionadas con precisión científica, como la que demanda su organismo, por lo tanto, la disciplina y la evaluación son indispensables.
La cultura del esfuerzo, el valor de la constancia y el aprender a tolerar la frustración no son exclusivos del alto rendimiento, son herramientas de vida indispensables para cualquier joven, en realidad, para cualquier persona… soportar ciertos niveles de exigencia externa es, de hecho, lo que permite que una persona desarrolle una estructura emocional sólida porque la resiliencia sólo se construye con resistencia. El carácter y la autoestima no se forman recibiendo elogios gratuitos sino superando dificultades reales; al igual que un músculo físico necesita peso y resistencia para crecer, la mente de un joven necesita retos razonables por eso es valioso aprender a fallar experimentando frustración de perder para tener que repetir una tarea, para tener que retomar un proceso y entonces al tener un fracaso, siempre saber cómo levantarse.
El debate actual quizá sería si debemos exigir o no. La respuesta categórica es si el verdadero cambio generacional positivo está en cómo se aplica esa exigencia porque la exigencia destructiva no sirve y creer que usar el castigo y la humillación como motor funciona… No funciona, destruye la autoestima, en cambio, la exigencia formativa, la que tiene que ver con la cultura del esfuerzo, construye personas fuertes y a los jóvenes les hace bien saber que alguien espera algo grande de ellos.
Por qué el esfuerzo da significado, los seres humanos valoramos aquello que nos costó trabajo conseguir, cuando un joven gana un partido tras semanas de entrenamiento o aprueba una materia tras noches de estudio… La recompensa dopaminérgica en su cerebro es real y es duradera y, por el contrario, la “gratificación instantánea” genera un vacío emocional, aburrimiento y una profunda intolerancia al malestar.
La cultura del esfuerzo es formativa y es terapéutico exigirnos con firmeza y no convierte a un joven en una personalidad de cristal, al contrario, es el proceso necesario para templarlo; el peligro para estas generaciones no es que sean sensibles, sino que su entorno adulto por miedo a verle sufrir les quite la maravillosa oportunidad de esforzarse y volverse fuertes. Nos hace bien educar en el asombro y educar en la realidad, cómo lo escribe la doctora Catherine L’Ecuyer: abordar directamente como la sobreestimulación de las pantallas y la gratificación instantánea dañan la capacidad de esfuerzo de los jóvenes y propone volver a una educación, donde el esfuerzo, la espera y la realidad jueguen un papel central en la maduración del lóbulo frontal de los adolescentes, es bueno considerar la opinión del doctor Augusto Cury cuándo habla de “Padres brillantes, profesores fascinantes” analizando como a la juventud hoy, que tiene un exceso de información, pero una tremenda escasez de formación emocional, hay que ofrecerle herramientas muy prácticas para aplicar la firmeza y la disciplina sin perder el canal de comunicación con los jóvenes.
Hasta la próxima en PROSPECTIVA.
J. Gerardo Mosqueda M.

